Te vas de viaje: ¿qué hacer con tu gato?
Te vas de viaje: ¿qué hacer con tu gato?
Estás pensando en un viaje y, junto con las fechas y los pasajes, aparece una pregunta: ¿qué hago con mi gato?
A mí me pasó con mi gata. Quería viajar, pero necesitaba encontrar una solución que me dejara tranquila. Ella estaba incluida en mis preocupaciones mucho antes de estar incluida en la reserva.
La primera decisión fue si dejarla o llevarla. Lo que parecía una pregunta sencilla terminó convirtiéndose en muchas averiguaciones. Organizar mis vacaciones incluía organizar las suyas, aunque ella no hubiera solicitado vacaciones.
¿Y si se queda con un cuidador?
Empecé buscando personas que pudieran alojarla en su casa. No quería dejar las llaves de la mía, así que busqué en plataformas de cuidado de animales y fui hablando con distintos candidatos.
Algunos vivían demasiado lejos. Otros ya tenían animales, algo que me preocupaba porque mi gata es desconfiada. Y quienes parecían encajar no estaban disponibles para las fechas del viaje.
Con cada conversación pensaba: «Quizás sea esta persona». Hasta que aparecía el detalle que no funcionaba.
Yo todavía no había hecho la maleta y ya estaba agotando las opciones.
No buscaba un palacio para gatos, pero sí un lugar donde pudiera imaginarla tranquila y bien cuidada. Finalmente descarté al cuidador para aquella ocasión.
Una residencia: necesitaba algo más que buenas reseñas
Después busqué residencias. La mayoría estaban en la periferia de la ciudad y había cosas que no me convencían: el espacio disponible para los gatos, la presencia de perros o condiciones que no terminaban de quedar claras.
Contacté con una que tenía muy buenas reseñas. Sin embargo, sus respuestas eran breves y mis dudas demasiadas. Yo necesitaba preguntar y conocer cómo sería el cuidado; ellos me invitaban a visitar el lugar.
Estaban a una hora de distancia y decidí no ir. Ofrecían recoger a mi gata y traerla de vuelta, pero ese transporte se sumaba al precio diario del alojamiento.
Hacía cuentas, sí, pero también imaginaba a mi gata allí, entre personas desconocidas. Me preguntaba cómo se sentiría y si lograría estar tranquila.
Porque una cosa es leer «excelente atención» y otra pensar: «Está bien, pero ¿cómo van a tratar a esta pequeña desconfiada que tanto quiero?»
Las reseñas ayudaban. Lo que yo necesitaba era terminar una conversación y sentir: «Aquí puedo dejarla». Y eso no estaba ocurriendo.
Entonces decidí llevarla conmigo
Al comparar los costos y las dudas que me dejaban las otras opciones, decidí llevarla.
Tenerla cerca me daba tranquilidad, aunque el viaje también me preocupaba. Cruzar el océano rumbo a América puede significar, en un trayecto como este, al menos 13 horas entre el vuelo, el check-in, las esperas y los trámites en el aeropuerto. Y ella empezaría a vivir el traslado desde que saliéramos de casa.
El estrés no era solamente por el avión. También estaban el transportín, los traslados, los ruidos, las personas desconocidas y todas esas situaciones que ella no podía comprender como parte de un viaje.
Lo que para mi era sólo un viaje, para ella era la pérdida de todo su mundo.
A eso se sumaba mi preocupación por las horas sin comida ni agua, contando también las anteriores a la salida. Pensar en que pudiera tener hambre o sed hacía todavía más difícil imaginar un trayecto tan largo.
La alimentación y el acceso al agua deben organizarse con el veterinario según las necesidades de cada animal. No conviene asumir que hay que retirar ambos durante tantas horas.
Quería que viniera conmigo y que estuviera lo mejor posible. Pero sabía que el cariño no iba a encargarse de las reservas ni de los certificados. Quererla mucho era la parte fácil. Conseguir que todo estuviera en orden llevaba unas cuantas llamadas más.
Una gata, un transportín y unos cuantos documentos
Me comuniqué con el servicio veterinario de la ASL para conocer los trámites.
Para mi viaje me solicitaron el pasaporte europeo y el certificado de salida del país. También tuve que reunir lo correspondiente al microchip, la vacuna antirrábica y el certificado de buena salud, además de gestionar un tratamiento antiparasitario para el destino.
Los gastos incluyeron 300 euros entre documentación y preparativos sanitarios, más unos 250 euros por cada tramo de avión para llevarla conmigo en la cabina, bajo el asiento.
También necesitaba un transportín que cumpliera las medidas específicas de la aerolínea. Tenía que servirle a ella y cumplir las condiciones de la compañía: otra pequeña negociación, esta vez con una cinta métrica.
A esas alturas, «me llevo a la gata» había dejado de ser una frase corta. Tenía llamadas, citas, documentos, medidas y un presupuesto considerable detrás.
Estos importes corresponden a mi experiencia. Los precios y requisitos deben comprobarse para cada ruta, tanto para la ida como para el regreso.
Finalmente viajamos y todo salió bien. Después de tanta preocupación, fue un alivio poder decirlo. Todo lo que antes eran preguntas, cuentas y papeles había servido para llegar hasta allí, juntas.
Con el tiempo, encontré la cuidadora que buscaba
Más adelante en ocasión de un breve viaje, volví a recurrir a las plataformas, pero esta vez encontré la ciuidadora justa.
Una persona que conocía muy bien su trabajo y lo hacía con mucho cariño. La experiencia fue muy buena.
Consideré que 15 euros diarios más comida y letiera era un costo adecuado y pude viajar tranquila. Había encontrado a alguien en quien confiar, y eso cambiaba todo.
Buscaba quien cuidara a mi gata; encontrar a la persona con experiencia en el tema también me quitó a mí un peso de encima.
Lo que había descartado para un viaje funcionó para otro. Cambiaron las fechas, la duración y las posibilidades disponibles. Y yo pude comprobar que también era posible salir sin llevarla y sentir que estaba en buenas manos.
Lo que me habría gustado tener claro desde el principio
Antes de reservar, conviene averiguar dónde estará tu gato, quién lo cuidará, si habrá otros animales y cuánto costará todo.
Si decides llevarlo, hay que confirmar su lugar en el vuelo, las condiciones del transportín y los documentos necesarios para ir y volver. También pensar en el trayecto completo, con sus esperas y traslados.
Para mí, lo más difícil fue decidir a quién confiarle su cuidado. Los papeles exigían tiempo; esa decisión exigía confianza.
En un viaje la llevé conmigo. En otro encontré una buena cuidadora. Ambas soluciones funcionaron en momentos distintos.
Empieza a buscar con tiempo. Pregunta todo lo que necesites y presta atención a lo que te da tranquilidad. Cuando quieres a un animal, saber que estará bien forma parte del viaje, incluso si se queda en casa.
Después podrás ocuparte de tu maleta y descubrir que, elegir qué ropa llevar es en realidad la parte sencilla.







