La Santa Casa de Loreto: la casa de la Virgen María que llegó desde Nazaret

Una casa, dos relatos y un mismo viaje
La casa que hoy se venera en Loreto es, según la tradición cristiana, la misma casa de Nazaret donde vivió la Virgen María y donde tuvo lugar la Anunciación. No se trata de una reconstrucción simbólica ni de una réplica posterior, sino de una casa concreta, identificada con la vivienda original de Nazaret, preservada y trasladada para protegerla.
Sobre cómo llegó esa casa hasta Italia existen dos relatos superpuestos, distintos en forma pero coincidentes en intención: salvar un hogar.
El vuelo de los ángeles
La versión más conocida, transmitida durante siglos por la devoción popular, afirma que la casa fue transportada milagrosamente por ángeles a finales del siglo XIII, cuando Tierra Santa se volvió insegura tras la caída de los últimos enclaves cristianos. Según este relato, la casa habría sido levantada intacta y trasladada por el aire, primero a la región de Iliria y luego a la costa italiana, hasta quedar definitivamente en Loreto.
De esta tradición nace la iconografía del “vuelo de los ángeles” y también un dato menos conocido pero significativo: la Virgen de Loreto es considerada patrona de los aviadores, reconocimiento extendido a nivel internacional. El vínculo es directo y simbólico: una casa que vuela, protegida desde el cielo, convertida en emblema de quienes surcan el aire. No es casual que capillas dedicadas a la Virgen de Loreto se encuentren en aeropuertos y bases aéreas de distintos países.
La hipótesis histórica: la familia Angeli
Junto a la versión legendaria, existe una lectura histórica plausible. Según esta hipótesis, la casa habría sido trasladada por medios humanos, posiblemente por mar, gracias a la intervención de una rica familia cristiana de origen bizantino, conocida como la familia Angeli o Angelos.
El apellido Angeli, “ángeles” en italiano, habría favorecido, con el paso del tiempo, la transformación del recuerdo histórico en relato milagroso. En esta versión no hay vuelo celestial, pero sí una operación compleja, costosa y deliberada, motivada por la voluntad de preservar un lugar considerado sagrado frente a la destrucción.
Dos relatos, una misma intención
Más allá de la interpretación que se adopte —milagrosa o histórica—, ambas versiones coinciden en un punto esencial: no se quiso salvar una reliquia abstracta, sino una casa. Un espacio doméstico concreto, asociado a la vida cotidiana de María, que se decidió proteger, trasladar y custodiar.
Para comprender por qué esta casa sigue conmoviendo hoy, conviene retroceder mentalmente al punto de partida: Nazaret, cuando esa casa todavía no había viajado y era simplemente un lugar habitado.
Maria Valtorta y el valor de sus descripciones
Maria Valtorta (1897–1961) fue una mística y escritora italiana que afirmó haber recibido visiones interiores sobre la vida de Jesús y de María, recogidas en su obra El Evangelio como me fue revelado. La Iglesia considera estos textos revelaciones privadas: no forman parte del dogma ni sustituyen a los Evangelios canónicos, pero su lectura está permitida como ayuda espiritual o literaria. Su interés principal reside en la extraordinaria precisión con la que describe espacios, gestos y vida cotidiana del mundo bíblico.
La casa antes de viajar: luz, huerto y vida doméstica
En la escena de la Anunciación, Valtorta no describe un lugar idealizado ni simbólico, sino una habitación real, definida por su escala humana. La casa aparece como una estancia pequeña y rectangular, de muros desnudos, limpia y cuidadosamente ordenada. Todo es sobrio, pero nada es descuidado.
Contra una de las paredes se dispone un lecho bajo, casi a ras del suelo, sin cabecera ni ornamentos, cubierto con esteras firmes. En otra pared, una repisa sencilla sostiene una lámpara de aceite, algunos rollos colocados con atención y un trabajo de costura doblado. Cada objeto ocupa su lugar; la casa transmite orden, silencio, recogimiento.
La luz entra desde el exterior de manera suave. No irrumpe, se filtra. Proviene de la puerta que comunica con el huerto, apenas velada por una cortina ligera que se mueve con el aire. A través de esa abertura, la casa respira el mundo exterior sin perder su intimidad. Cerca de la lámpara, una jarra con ramas floridas introduce un gesto mínimo de belleza cotidiana.
“una pequeña habitación rectangular, muy sencilla, limpia y ordenada; el lecho es bajo y pobre, cubierto de esteras; una repisa sostiene la lámpara y los rollos; la puerta, velada por una cortina, se abre al pequeño huerto, por donde entra una luz suave y viva”
(Maria Valtorta, El Evangelio como me fue revelado, escena de la Anunciación)
Loreto: custodiar una casa, no una idea
Esta descripción resulta clave para entender Loreto hoy. Porque lo que se venera allí no es una abstracción teológica, sino la memoria de un espacio doméstico concreto, definido por su modestia y su habitabilidad.
La gran basílica que rodea la Santa Casa protege deliberadamente esa escala íntima. El gesto —milagroso o histórico— apunta a lo mismo: preservar una casa pequeña, casi insignificante a los ojos del poder, pero central para la memoria cristiana.
Loreto conmueve no porque la casa haya volado o haya sido transportada, sino porque era una casa donde la Virgen María dormía, cosía, miraba hacia el huerto y dejaba entrar la luz. Y esa experiencia, profundamente humana, sigue siendo reconocible siglos después.
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