El perfume en Grasse: cómo se crea una fragancia desde adentro. Grasse : instrucciones no incluidas

Mujer de expresión angelical oliendo una tirita de perfume en un taller de Grasse

Grasse: instrucciones no incluidas

Ir a Grasse para hacer un perfume… y aprender otra cosa

Recuerdos que llegan desde Grasse

Con los ojos todavía cerrados y Grasse en mente, salté de la cama y convoqué a videoconferencia a mi équipe: Cata, Marta y Livia. Mi propuesta fue recibida con un sí unánime, que es la forma más elegante que tenemos las mujeres de decir no entendí nada, pero voy.

Hay mujeres que, después de un divorcio, se cortan el pelo. Yo organicé un viaje a Grasse para hacer perfumes con tres amigas que nunca, habían imaginado hacerlos.

Cada una procesa como puede.

Habían pasado dos años desde aquella experiencia y todo había empezado en el taller de Jean-Luc.

Jean-Luc

Maestro perfumero o naso, como aprendí después, nos miró como quien ya vio muchas versiones de este grupo exacto: mujeres convencidas de que vienen a vivir una experiencia y salen entendiendo que lo que estaban buscando no estaba en el folleto.

Jean-Luc era francés, de acento exquisito, con un bigote llamativo, exagerado. Dalí con guardapolvo. Nos observaba con atención clínica.

—Ici, on ne vient pas faire quelque chose de joli.
(Aquí no venimos a hacer algo bonito.)

—On vient comprendre.
(Venimos a entender.)

Yo pensé: ¿entender qué? Esto no era entender. Esto era principalmente, percibir todo tipo de notas, mientras nuestros inexpertos nasos lo permitieran. Y si todo salía bien, perder también, un poco la conciencia.

Oler como si hubiera un premio al final

Jean-Luc empezó a mostrarnos frascos. Pequeños. Grandes. Altos. Bajos. Muchos. Demasiados. Pipetas, botellitas, líquidos de colores que no parecían pensados, para gente sin experiencia.

—Vous d’abord, Agata.
(Usted primero.)

Yo acerqué la nariz con una dignidad que duró exactamente treinta segundos.

Empezamos a oler. Oler sin pausa. Oler como si hubiera un premio al final.

A los cinco minutos ya estaba mareada. A los diez, confundida. A los quince, cuestionando decisiones vitales.

Aprendí palabras que no necesitaba para vivir: ambroxan, ylang-ylang, galbanum, Iso E Super, absoluto de jazmín, vetiver, civeta. El yuzu, el hassaku, Chen Pi.

Todas sonaban sofisticadas. Algunas olían directamente a problema.

El ylang-ylang empezó simpático y terminó apoderándose de todo, como ciertas personas encantadoras. El galbanum era verde, agresivo, sin intención de agradar ni negociar. El Iso E Super no olía a nada… hasta que olía a todo, como algunos ex que reaparecen. La civeta no debería existir sin consentimiento previo.

Jean-Luc caminaba entre las mesas murmurando: trop vert (demasiado verde), ça tombe (se cae), pas en place (no está en su lugar).

Yo no sabía si hablaba del perfume o de nosotras. Sospecho que él tampoco hacía demasiada diferencia.

Cuando Jean-Luc me lee como un expediente

En un momento se detuvo detrás de mí, olió mi mezcla y dijo:

—Intéressant… mais attendez.
(Interesante… pero esperen.)

Esperen. Siempre esperen.

Jean-Luc decía “esperen” como quien dice no se apuren a arruinar esto, y se iba.

Yo lo miraba alejarse y pensé algo bastante incómodo, que me estaba leyendo. Que había visto mi cara y había entendido todo.

Divorciada reciente. Autoestima en reparación. Viaje terapéutico disfrazado de cultura.

Sentí que lo tenía escrito en la frente, fracaso moderado con buena voluntad. Y Jean-Luc lo sabía.

Yo era un libro abierto. Y me dio vergüenza.

Cuando deja de corregir perfumes y empieza a corregirnos

De pronto dejó de mirar frascos. Nos miró a nosotras. Directo.

—El problema no es que pongan mucho de esto.
—El problema es que quieren que funcione rápido.

Yo sentí que no hablaba del perfume. Hablaba de mí. De mi matrimonio. De mi paciencia histórica.

—Este ingrediente es feo solo.
—Pero sin él, el perfume no se sostiene.

Silencio absoluto. Nadie bromeó. Todavía.

Hacíamos pausas oliendo granos de café “para limpiar el naso”, expresión que adopté con una seriedad que hoy me hace gracia. Hasta que el cuerpo dijo basta.

No entiendo cómo pasó pero de pronto, todo empezó a girar, la mesa con los perfumes de colores y las escencias, Jean Luc que continuaba a repetir, "agregue y espere y espere" y me caí entera, pesada, pero en calma. El suelo se volvió interesante y me sentí en paz. Caí.

Jean-Luc reaccionó con una eficiencia quirúrgica, me sostuvo y apareció con una copa de vino tinto. Grande. Roja. Provocadora.

Yo apenas podía agarrarla, pero mis amigas miraron ese vino con una mezcla de deseo, descaro y lujuria que no intentaron disimular. Fue una mirada colectiva, sincronizada, obscena.

Jean-Luc nos vio. No juzgó. Entendió. Decretó la pausa y nos entregamos por un rato a ese delicioso vino francés.

Las combinaciones imposibles (o nosotras)

Mi perfume empezó con entusiasmo y terminó dudando de sí mismo. Una gota de más y yo no toleraba tanta intensidad. Una gota de menos y sentí que desaparecía, como algunos compromisos.

Jean-Luc olía, levantaba una ceja, decía hm, ese hm que juzga sin herir y seguía caminando.

En un momento, con una seriedad extraña, pregunté si el perfume tenía que “decir algo”.

Jean-Luc respondió, seco: no tiene que decir nada. Tiene que mantenerse.

—Vous ne voulez pas faire un parfum.
(No quieren hacer un perfume.)

—Vous voulez vivre quelque chose.
(Quieren vivir algo.)

No queríamos hacer perfumes. Queríamos vivir algo diferente, sentirnos vivas.

Nos miramos entre nosotras. Descubiertas. Aliviadas.

Y ahí sí. Nos reímos. No bonito. No suave. Nos reímos de verdad.

El ridículo necesario —

Habíamos venido solas. Buscando sentirnos interesantes otra vez. Capaces. En movimiento. Dispuestas a mezclar cosas sin garantía de resultado.

Jean-Luc lo había visto desde el primer minuto, lo había visto muchas veces. Y con una crueldad elegante, muy francesa, nos dejó hacer.

No salí de Grasse transformada.
Salí aliviada, viva y satisfecha de a pesar de todo, haber compuesto una fragancia deliciosa que le dió identidad a este momento particular de mi vida.
Un aroma no cambia la vida. Pero a veces la fija en la memoria.

Vista del pueblo de Grasse, capital del perfume en Provenza

El perfume en Grasse: cómo se crea una fragancia desde adentro

Grasse es conocida como la capital mundial del perfume porque aquí todavía se produce, se aprende y se enseña cómo se crea una fragancia desde cero. No como espectáculo ni como souvenir, sino como oficio.

En esta ciudad del sur de Francia, el perfume no aparece como un resultado inmediato. Es el final de un proceso concreto: selección de materias primas, pruebas sucesivas y decisiones técnicas que definen el equilibrio final de una fragancia. Comprender ese proceso permite entender qué hay realmente detrás de un aroma.

Una ciudad construida alrededor del oficio

Durante siglos, Grasse desarrolló una relación directa con flores, resinas, maderas y cítricos. No desde el lujo, sino desde la necesidad de transformar, conservar y combinar aromas. La perfumería nació aquí como una práctica técnica antes de convertirse en industria cultural.

Esa lógica sigue presente. El perfume no se presenta como algo misterioso o inexplicable, sino como el resultado de una secuencia clara: elección de materias primas, equilibrio entre notas, ensayo y corrección. Nada se improvisa del todo.

Caminar por Grasse es encontrarse con esa continuidad. No hace falta visitar grandes museos para percibirla: basta con observar cómo se habla del perfume, cómo se lo prueba y cómo se lo ajusta.

Aprender cómo se construye un aroma

Existe una diferencia sustancial entre sentir una fragancia terminada y comprender cómo se estructura. En el proceso de creación intervienen decisiones muy concretas: qué notas dominan, cuáles sostienen, cuáles desaparecen rápido y cuáles permanecen.

Crear una fragancia, aunque sea en un contexto introductorio, obliga a prestar atención a ese equilibrio. No se trata de crear una composición atractiva, sino de entender cómo interactúan los ingredientes y cómo una modificación mínima puede cambiar el resultado final.

En Grasse, este tipo de aprendizaje no es una puesta en escena. Forma parte de una tradición que sigue activa y que se transmite, sobre todo, a través de la práctica.

Vivir la experiencia

En la ciudad existen talleres guiados de creación de perfumes pensados para personas que desean acercarse al proceso desde una perspectiva práctica. Durante estas experiencias se trabaja con materias primas reales, se exploran distintas combinaciones y se construye una fragancia personal paso a paso.

No son visitas rápidas ni demostraciones superficiales. Son actividades breves y estructuradas, orientadas a comprender cómo se elabora un perfume y qué decisiones intervienen en su composición.

La travesía continúa...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *