El Hombre de Mimbre

El hombre de mimbre

El hombre de mimbre ardiendo en la noche, figura ritual de ramas entrelazadas iluminada por el fuego
Imagen conceptual inspirada en el imaginario del folk horror

El hombre de mimbre dominaba el claro como una arquitectura imposible. Sus brazos abiertos trazaban una sombra que alcanzaba las casas más cercanas y el torso, tejido con ramas secas y paja, dejaba pasar la luz en fragmentos irregulares, como si respirara. Era desmesurado, cinco veces más alto que cualquier persona del pueblo, y aun así no resultaba grotesco: imponía una calma tensa, una regla no escrita. Nadie lo tocaba sin motivo. Nadie levantaba la voz cerca de él.

Me quedé mirándolo mientras la tarde se cerraba. El aire tenía ese olor a madera vieja que anuncia fuego antes de que exista. Empezó un canto bajo, primero disperso, después más firme, un ritmo que no pedía atención sino abandono. Sentí un cansancio súbito, denso, como si el cuerpo hubiera decidido por mí. Creí caer en un sueño profundo. Cerré los ojos solo un instante.

El crujido me devolvió la conciencia. No era un sonido aislado, sino una suma de pequeños quiebres, como si algo se acomodara a mi alrededor. La luz llegaba rota, a trozos, filtrándose por rendijas que no recordaba haber visto. El aire no circulaba como debería. Al mover la mano, mis dedos rozaron ramas ásperas, demasiado cerca. El canto seguía, más fuerte, y ya no parecía venir de un solo punto. Subía. Vibraba. Me atravesaba el pecho.

Miré hacia abajo. A través de las aberturas vi personas reunidas alrededor de la figura, pequeñas desde esa altura, ordenadas, concentradas. Algunas sostenían antorchas. Otras llevaban haces de paja seca que iban colocando con cuidado, casi con respeto, en la base del gigante. Nadie se apuraba. Nadie dudaba. Cantaban mientras trabajaban, y el ritmo marcaba cada gesto. Entendí —sin palabras— que aquello se hacía siempre así.

Intenté moverme. Las ramas respondieron con un crujido seco, elástico, pensado para ceder sin romperse. Para contener. La luz cambió de color cuando la primera antorcha tocó la paja. Un resplandor tímido, hermoso, ascendió despacio. El calor tardó en llegar, y esa espera fue lo peor. El humo empezó a subir, espeso, raspando mi garganta, volviendo cada respiración una decisión. Las rendijas se encendieron una a una, ojos ardientes que miraban hacia adentro.

El canto creció. Yo no distinguía voces individuales. Era un solo cuerpo cantando, seguro, inapelable. Las llamas avanzaron por las piernas de la figura y el interior comenzó a iluminarse por completo, como una linterna ritual. El mimbre se quejó, no con violencia, sino con esa paciencia cruel de lo que cumple su función. Pensé en gritar pero el sonido quedó ahogado en mi pecho. Pensé en despertar y el cuerpo no obedeció. Creí volver a dormirme, como si la mente buscara refugio en la oscuridad.

El fuego no duerme. El calor empujó el aire hasta volverlo imposible. La luz parpadeaba alrededor, viva y definitiva. Abajo, las antorchas seguían encendiendo, el canto seguía marcando el tiempo, y el gigante ardía desde adentro. Mi conciencia empezó a soltarse, a perder bordes, a deshacerse en medio del caos. El ritmo persistió un momento más.

Después, la voz se apagó.


¿Y qué tiene que ver todo esto con los celtas y Halloween?

Durante siglos se repitió que Halloween venía de los celtas, de una noche antigua —Samhain— donde el mundo cambiaba de piel. También se repitió otra cosa, más oscura: que los celtas eran sanguinarios y que de ahí habría nacido incluso el gesto de ir puerta a puerta; que antes no se pedían dulces, sino vidas.

La historia engancha porque es perfecta para asustar. El problema es que, cuando uno enciende la luz, la “perfecta” suele ser la ficción.

Historia, mito y la confusión sobre los celtas

Halloween es, literalmente, la víspera de Todos los Santos (All Hallows’ Eve). El nombre se compone de All (todos), Hallows (santos) y Eve (víspera): es decir, la noche anterior al Día de Todos los Santos. Esta fecha marca además el inicio de Allhallowtide, el período que incluye el Día de Todos los Santos y el de los Difuntos.

Muchos historiadores coinciden en que esta fecha se superpuso a un momento del calendario ya simbólicamente potente en Irlanda y las islas británicas. Samhain marcaba el final de la cosecha y el comienzo del invierno: un tiempo de transición, fuego ritual y frontera entre mundos.

La versión de sacrificios casa por casa no está respaldada por evidencia arqueológica sólida. En cambio, el “puerta a puerta” de Halloween tiene raíces en costumbres cristianas medievales como el souling, cuando personas pobres pedían comida a cambio de rezar por los muertos, y en tradiciones folklóricas como el guising escocés.

La figura del hombre de mimbre pertenece sobre todo al imaginario literario y a relatos antiguos escritos por autores externos —especialmente romanos— que miraban a esos pueblos con la lente del enemigo. Como símbolo funciona. Como prueba histórica, no.

La travesía continúa...

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