Manual práctico para vivir con un italiano correctamente instruido

Mi suegra no da consejos.
Redacta constituciones.
No sugiere.
Dicta normas universales que, misteriosamente, coinciden exactamente con su manera de hacer las cosas desde 1963.
Gracias a ella aprendí que:
Las sábanas no solo se cambian:
👉 se cambian una cantidad exacta de veces al mes, ni más ni menos, porque el exceso de higiene genera debilidad moral.
Las sábanas, además, se colocan de una sola manera correcta, que casualmente es la suya.
Cualquier variación es herejía textil.
El piso no se barre:
👉 se barre como ella barre, en un orden específico, con una intensidad precisa y una concentración casi espiritual.
Los platos de colores son peligrosos.
No por feos.
Por potencialmente tóxicos, porque en algún momento de la historia alguien pintó algo mal en algún lugar del mundo y eso ya es suficiente.
La botella de aceite debe llevar un papel en el cuello, no por estética, sino por una ética profunda contra la gota rebelde.
Una gota que cae sin permiso es el inicio del caos.
Los calzoncillos de mi marido deberían plancharse.
No porque lo necesiten.
Sino porque ella lo haría.
Yo, por supuesto, no debería desayunar.
Ni hacer merienda.
Porque el cuerpo humano funciona mejor sin demasiada alegría.
Dormir con almohada es sospechoso.
Comer a deshoras es decadente.
Tener animales, plantas o cualquier forma de vida no controlable es directamente peligroso.
En casa, el único ser vivo aceptable es su hijo.
Mi marido.
El hombre adulto que no posee un pulóver porque “la lana da calor”.
El mismo que, aunque afuera haya –5 grados, anda por la casa con una remerita y un pantaloncito de verano, convencido de que el frío es una opinión y no un hecho físico.
Durante años, él no tuvo frío.
Nunca.
El invierno era un rumor exagerado que afectaba a otras personas, claramente menos organizadas térmicamente.
Hasta que un día dijo, con una mezcla de sorpresa y traición corporal:
—Siento los pies fríos.
No lo dijo como pedido.
Lo dijo como quien informa un fenómeno inexplicable.
No pidió medias.
Jamás pediría medias.
Así que hice lo que hacen las mujeres prudentes:
las busqué
y se las dejé estratégicamente a su alcance,
como si hubieran aparecido solas.
Las miró.
No las negó.
No las celebró.
Un avance.
Después vino la bronquitis.
Una bronquitis histórica, inédita en su biografía personal.
Una bronquitis que él no entendía.
—No sé qué me pasó.
Claro que no sabía.
Afuera hacían –5,
él estaba molesto por alguna locura irrelevante
—porque los italianos no se enfrían, pero sí se indignan—
y cuando salía, yo le grité desde la puerta:
—¡Ponte la campera!
Y él respondió, con orgullo térmico intacto:
—¡¿Qué me importa?!
Le importó después.
Le importó con tos.
Le importó con antibióticos.
Le importó cuando el cuerpo, ese traidor sin respeto por la tradición, decidió alinearse con la física.
Ahora sigue diciendo que no tiene frío.
Pero a veces se pone medias.
Sigue sin creer en la lana.
Pero acepta mantas.
Eventualmente.
La cocina, mientras tanto, sigue siendo un laboratorio.
Los huevos no se usan:
👉 se leen.
Se leen las fechas, se ordenan por antigüedad, se respetan jerarquías.
Un huevo nuevo jamás, jamás, puede adelantarse a uno viejo.
Eso sería injusticia avícola.
La lasagna solo se hace con carne.
El mil hojas solo se come con crema pastelera.
La pizza y la pasta son obligatorias, diarias y sagradas.
La pasta se pesa.
Exactamente.
Según la cantidad de personas.
Ni un gramo más, ni uno menos.
La balanza no es una herramienta:
es una filosofía de vida.
Cuando la pasta está lista,
hay que correr.
Correr a sentarse.
Correr a comerla.
Porque la pasta no espera.
Y el que espera, pierde.
Mi marido creció así.
Convencido de que:
el mundo tiene un solo modo correcto
el frío no existe si uno no cree en él
y que todo, absolutamente todo, se puede controlar
si se pesa, se ordena y se hace como siempre se hizo
Y sin embargo… ahora tenemos un gato.
No sé cómo lo logré.
No sé en qué momento exacto quebranté toda una ideología.
Bueno.
Sí sé cómo lo logré.
Probé todo tipo de amenazas,
que él me recuerda muy seguido,
especialmente cuando la gata pasa.
Porque contra la gata tiene un fastidio constante.
No la odia.
La tolera con esfuerzo filosófico.
Está obsesionado con los pelos.
Los pelos que vuelan.
Los pelos que aparecen en los lugares más insospechados.
Sobre la mesa.
Sobre la ropa.
Sobre su biblioteca,
esa biblioteca sagrada que idolatra
con libros de historia,
geopolítica
y diccionarios de latín y griego
que ahora, inevitablemente,
contienen pelos de gato.
A veces me los muestra,
como pruebas irrefutables del colapso civilizatorio.
Sin embargo —y esto es lo interesante—
yo creo que algo empezó a pasar.
A veces pienso que empezó a quererla.
O que lo que pasa es que nunca antes había tocado un animal,
y está aprendiendo una forma de vida que no se pesa, no se ordena y no obedece.
Eso sí:
ni siquiera reconoce que es una gata.
Para él, es “el gato”.
No porque no sepa.
Sino porque aceptar el femenino
sería aceptar demasiadas cosas juntas.
Yo, mientras tanto, sigo desayunando cuando quiero,
usando platos de colores,
dejando caer alguna gota de aceite a propósito,
poniendo medias sin pedir permiso,
y observando cómo, poco a poco,
el orden perfecto se resquebraja
ante algo imposible de controlar:
un cuerpo caliente,
pelos en los libros,
y un gato
—o gata—
durmiendo donde no debería.
Y pienso, con una sonrisa mínima,
que tal vez vivir no sea seguir instrucciones,
aunque vengan bien planchadas,
sino aprender a convivir
con aquello que nunca va a pedir permiso.
