
La Vida Shakerada
Soy una persona curiosa y durante mucho tiempo creí que eso era un valor. Ahora empiezo a dudarlo.
No porque la curiosidad sea mala, sino porque me dejo convencer. Me dicen “¿vamos?” Y yo digo “vamos”. Sin preguntar demasiado. Sin revisar el contrato emocional.
Así he probado de todo.
Tengo cartas astrales desde antes de saber, qué hacer con ellas (mi mapa natal en Placidus, con ascendente que nunca recuerdo bien). He hecho regresiones a vidas pasadas y supe con bastante precisión que fui una pastora nómade en el Himalaya, la doncella de María Antonieta justo antes de que la degollaran y más cerca en el tiempo, una bailarina del Moulin Rouge que conoció a grandes pintores, especialmente a ese pobre hombrecito adorable, Toulouse-Lautrec.
Todo esto me lo dijeron con enorme seriedad. Y yo escuché con respeto. Con atención. Con esa cara neutra que uno pone cuando no quiere ser descortés con el universo.
Nunca fui contadora. Ni bibliotecaria. Ni alguien que llevaba una vida tranquila. Siempre fui alguien interesante. Intensa. Trágica. Artística. Internacional.
Mis vidas pasadas, vistas en conjunto, tenían una agenda agotadora. No me extraña que en esta vida esté cansada.
En el medio apareció el bienestar contemporáneo, que funciona como un buffet libre. Un poco de meditación para bajar la ansiedad (mindfulness guiado, nivel intermedio). Un poco de yoga porque está de moda y van mis amigas (Vinyasa Flow, a veces Ashtanga, depende del día). Un poco de gin… perdón, gym, y la gimnasia de moda, esa que consiste en saltar como un canguro mientras alguien grita “¡vamos!” desde un parlante Bluetooth con playlist motivacional.
Pero no alcanza.
Entonces sumamos reiki (nivel I, canalización suave, linaje Usui). Porque alguien dijo que mi energía estaba bloqueada. Después vinieron las constelaciones familiares, donde descubrí que tal vez el problema no era mío, sino de mi abuela. O de la madre de mi abuela. O de alguna tía bisabuela que nunca conocí, pero claramente había dejado asuntos pendientes en el campo morfogenético.
También aparecieron los registros akáshicos, que siempre me causaron una gracia particular, porque nadie parece saber exactamente qué son, pero todos hablan de ellos con una seguridad admirable.
Era un alivio. No era yo. Era el linaje.
En algún momento empecé a sentir que estaba soñando. Soñé que flotaba en una nube mientras alguien me gritaba que, por mi constitución corporal, soy Vata… o Pitta. No recuerdo bien cuál, porque mientras me explicaban los registros astrológicos védicos, yo me dormía. Literalmente. Se me cerraban los ojos.
Obviamente, lo estaba soñando. O eso creí.
Hace apenas dos meses volví de un retiro en Chiang Mai. Meditamos en un templo budista con mi mejor amiga. Volví flotando. Convencida de haber encontrado algo. Una verdad. Una calma duradera.
Esa felicidad me duró aproximadamente… hasta la semana pasada.
Y ahí entendí algo esencial: no es que estas prácticas no funcionen. Muchas funcionan. Otras entretienen. Algunas sirven para compartir el sábado por la noche.
El problema aparece cuando hacemos el mix y empezamos a batir fuerte, esperando que la vida, de una vez por todas, empiece a girar. Como si al agitar los suficiente, apareciera el ritmo, el sentido, la música de fondo de nuestro film preferido.
Tal vez sea porque, en el fondo, nos sentimos un poco desdichadas, como Bridget Jones, pero con la tranquila y algo optimista seguridad de desbordar carisma.
Un poco de esto. Un poco de aquello. Todo mezclado. Todo agitado.
Eso es La Vida Shakerada.
Tal vez no vivamos rodeados de almas shakeradas, tal vez la shakerada solo sea yo.
Una curiosidad que no sabe cuándo detenerse. Una búsqueda sincera que confunde movimiento con profundidad.
Y sin embargo…
Pero al final debo confesar algo. Contra todo pronóstico, dejé de batir. Dejé de girar.
Parece que encontré algo. No voy a adelantar nada.
Dentro de nueve meses, prometo contarlo.

