Figura que se desvanece en una calle nocturna, metáfora de desaparecer y empezar de cero

Escapar en la noche

Yonige-ya, el deseo de evaporarse y la tentación de empezar de cero

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¿Alguna vez soñaste con desaparecer?
Irte.
Empezar de nuevo en un lugar donde nadie te conozca.

Y si fuera así de fácil.

Es, seguramente, una fantasía. Una idea que aparece en silencio, sin dramatismo, casi como un suspiro. No pertenece a todos, pero muchos se reconocen en ella cuando se animan a mirarla de frente. No es un deseo de morir. Es el deseo de dejar de ser quien venimos siendo para los demás.

El cuaderno que llevamos encima

Tal vez el deseo de desaparecer se parezca mucho a esto:
a las ganas de cerrar el cuaderno que llevamos desde hace años.

Un cuaderno usado, gastado, vivido.
Con una caligrafía que fue cambiando de ritmo mil veces: primero prolija, después apurada, más tarde casi ilegible.
Lleno de errores y correcciones.
De tachaduras, desprolijidades.
De hojas rotas y hojas que se volaron y se perdieron en el camino.

Un cuaderno que cuenta nuestra historia, sí,
pero que también pesa.

¿Quién no sintió alguna vez la tentación de dejarlo atrás y empezar a escribir en uno nuevo, completamente en blanco?

Cuando la vida aprieta

Hay vidas que no estallan.
No colapsan.
No se rompen de manera visible.

Simplemente aprietan.

Apretan por vínculos que pesan más de lo que sostienen.
Por trabajos que se volvieron una obligación sin sentido.
Por roles que ya no representan lo que uno es, pero que siguen ahí, exigiendo coherencia.

La presión no siempre viene del dolor.
A veces viene de una vida que “funciona”,
pero que dejó de respirarse con naturalidad.

Responder mensajes.
Cumplir horarios.
Estar disponible.
Ser responsable.
Ser constante.

Sostener una versión de uno mismo que ya no se siente propia.

Y cuando no hay una razón clara para irse —cuando no hay una catástrofe que justifique el abandono—, aparece la fantasía: desaparecer.

Evaporarse

En Japón existe una palabra para describir a quienes eligen hacerlo: jōhatsu.
Significa evaporarse.

Personas que, de un día para otro, dejan su vida anterior.
Sin despedidas.
Sin avisos.
Sin dejar rastros claros.

Existen incluso las yonige-ya: empresas que ayudan a irse de noche, en silencio, con lo mínimo indispensable.
No inventan identidades falsas.
No borran documentos oficiales.
Ayudan a salir del mapa cotidiano.

Pero más allá del fenómeno japonés, lo importante no es el método.
Es el impulso.

Porque el deseo de evaporarse no pertenece a una cultura.
Pertenece al cansancio humano.

No querer morir, solo desaparecer

Quien sueña con desaparecer no suele querer otra vida mejor.
Quiere una vida más liviana.

Una donde nadie espere nada.
Donde nadie reclame.
Donde no haya que sostener una historia previa.

Desaparecer, en esta fantasía, no es tragedia.
Es descanso.

Descansar de ser:
– el que siempre cumple,
– la que siempre puede,
– el que no falla,
– la que no se permite parar.

Descansar de explicar decisiones.
De justificar cansancios.
De sostener vínculos por inercia.

Empezar de cero no es empezar vacío

La fantasía no es borrar todo.
Es empezar de cero sabiendo lo que ya no queremos repetir.

Abrir un cuaderno nuevo no significa olvidar lo aprendido.
Significa escribir distinto.

Ahora que sabemos qué errores no volveríamos a cometer,
qué oportunidades no dejaríamos pasar,
qué vínculos no queremos sostener por obligación,
qué versiones de nosotros mismos ya no nos sirven.

Empezar de cero, en esta fantasía,
no es ingenuidad.
Es experiencia sin lastre.

La huida como solución imaginaria

Cuando la presión no encuentra salida —cuando no se puede frenar, cambiar o soltar sin consecuencias—, la mente imagina un afuera.

Irse lejos.
Cambiar de ciudad.
Cambiar de país.
Cambiar de entorno.

Cerrar el cuaderno viejo.
Abrir uno nuevo.
Con hojas limpias, silenciosas, expectantes.

La huida aparece entonces como solución simbólica.
No porque sea realista,
sino porque promete algo esencial: alivio.

Nadie espera nada de una página en blanco.
Nadie juzga lo que todavía no fue escrito.

Por qué esta fantasía es tan común hoy

Vivimos en una época donde todo deja huella.
Donde todo se archiva.
Donde cambiar implica explicar.
Donde parar genera sospecha.

Es difícil fracasar en silencio.
Es difícil reinventarse sin dar razones.
Es difícil cansarse sin sentirse culpable.

En ese contexto, desaparecer se vuelve una idea poderosa.
No como proyecto real, sino como válvula de escape mental.

Una manera de decir, sin decirlo:
así no puedo seguir escribiendo.

Tal vez no se trate de desaparecer.
Tal vez se trate de cerrar el cuaderno por un momento, apoyarlo a un costado y mirarlo sin obligación.

Ver todo lo escrito.
Lo bueno, lo torcido, lo que dolió, lo que ya no escribiríamos igual.

Y recién entonces, decidir cómo seguir.
No desde la huida, sino desde la conciencia.

Porque a veces no necesitamos otra vida.
Necesitamos otra manera de habitar la que tenemos.